miércoles, 30 de agosto de 2023

La casa de la bruja

 Los cuatro amigos se tambaleaban por la adoquinada calle iluminada por antiguas farolas en medio de conversaciones ebrias, risas ahogadas y suaves pisadas en el silencio de la noche. Era la una de la madrugada y en un kilómetro a la redonda sería imposible encontrar un alma en pie aparte de ellos. Venían de la cantina de Don Orlando, y allá seguirían de no ser porque el regordete señorón los mandó a dormir.

Después de charlar un rato sobre las cosas sin importancia que acostumbran discutir los borrachos, se pusieron a cantar una canción que haría enrojecer a una doncella; otra de las cosas inútiles que acostumbran hacer los borrachos. Entonaban muy alegremente la canción, muy desafinados, por cierto, cuando un grito agudo, desolador, hendió la soledad de la noche.

Los cuatro amigos se detuvieron, con más curiosidad que miedo. Fue hasta entonces que se dieron cuenta que estaban frente a la llamada Casa de la Bruja. Era una casa antigua, de estilo colonial, con amplios ventanales de vidrio y techo de adobe. La llamaban así porque se rumoreaba que allí vivía una bruja y que, por eso, pese a estar bien ubicada en el pueblo, nadie había vivido allí desde hacía más de diez años.

—¿Escucharon lo mismo que yo? —preguntó Herber.

—Creo que sí —asintió Lucas.

—Era un grito, ¿verdad? —inquirió Juan.

—Un grito aterrador —matizó Martin.

Los cuatro amigos escudriñaron con sus borrosos ojos, pero nada vieron, y nada raro volvieron a escuchar. De pronto a Lucas se le ocurrió una idea para nada innovadora. 

lunes, 28 de agosto de 2023

Microcuentos 121-125

 121

El hombre entró a la casa y llamó a su mujer. Aquella no contestó. Volvió a llamar y se dirigió a la cocina. Al ver la mancha de sangre sobre el enlosado su corazón se disparó a mil. Empezó a gritar más fuerte, temiendo lo peor. Entonces apareció la esposa.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

En la mano llevaba un pollo a medio desplumar.

—Nada —dijo el hombre.

No le confesó que al ver la mancha de sangre su mente volvió tres años en el tiempo, a aquella fatídica tarde en que encontró a su padre muerto.

jueves, 24 de agosto de 2023

Perdido

 Se supone que una iglesia es un lugar sagrado, inviolable para satanás y sus esbirros de allende de nuestro mundo. Fue por eso que me detuve a las puertas de una parroquia, cansado de tanto correr y aterrado por aquello que me perseguía. No sé lo que es, sólo sé que se trata de algo diabólico que no me desea nada bueno.

Ascendí unos escalones y me detuve a escasos centímetros de la puerta de la iglesia, pensando en cuál era el procedimiento para acceder a uno de esos recintos a la una de la madrugada; si es posible, en todo caso. Una ráfaga de gélido viento y una risa cargada de locura hizo que me olvidara de las buenas maneras e intenté entrar sólo empujando las hojas. La puerta no cedió al primer empujón, ni al segundo. Empecé a llamar a gritos y a empujar con bríos, pero nada que cedía.

A mis espaldas, todo había quedado en calma, pero no me confiaba. El ser al que yo había dado permiso de venir a nuestro mundo estaba cerca, tenía esa certeza. Y ahora quería mi alma, y venía por mí. Eso me pasó andar jugando con secretos peligrosos. No pude evitar evocar a una amiga de la preparatoria: Sólo lo hice por curiosidad, dijo un día después de su primera vez. A los tres meses ya tenía su pancita. «Sólo lo hice por curiosidad», pude haber dicho yo, y ahora, algo que ni sé qué es, viene a quitarme la vida.

lunes, 21 de agosto de 2023

La maestra suplente

 La noticia de que la Sra. Celia había cogido tremendas fiebres que la tendrían en cama durante algunos días, causó más alegría que tristeza a los alumnos. En especial a los tercer de año; más concretamente a Dylan. La Sra. Celia era una mujerona que rondaba la cincuentena de años, tenía el cabello más gris que negro, y su más grande pasión parecía ser torturar a los chicos con cuantiosas e interminables tareas. Fue por eso que los chicos sintieron más alegría que pena cuando el director les anunció que la profesora titular de matemáticas no llegaría al colegio durante una o dos semanas.

Algunos ingenuos creyeron que disfrutarían de períodos libres hasta que la Sra. Celia volviera. Pero estaban equivocados. Inmediatamente el director les comunicó que había contratado a la Srta. Emily para que supliera a la Sra. Celia hasta que se encontrase en condiciones de volver. Como es normal, hubo gestos, frases y hasta silbidos de desaprobación; los chicos querían sus períodos libres. Todo esto se acalló en cuanto el director invitó a pasar a la Srta. Emily. Todo mundo quedó boquiabierto, en especial los muchachos; y más que todos, Dylan. La Sita. Emily era una despampanante joven que no tendría más de veintitrés años, su cabello castaño le caía en cascadas sobre los hombros, sus labios rojos invitaban al delirio y si éstos no lo lograban, su escultural cuerpo desde luego que sí.

—Ella es la señorita Emily —la presentó el director—. Impartirá las clases de matemáticas hasta que la señora Celia esté de vuelta.

—Buenas tardes, jóvenes —saludó la profesora, su sonrisa dejó entrever dos blanquísimas hileras de dientes.

Dylan pensó que mujeres como ella eran las que los poetas retrataban en sus composiciones.

—Buenas tardes, señorita Emily —dijeron los alumnos casi al unísono.

Dylan la miraba embobado. Era, sin lugar a dudas, la criatura más hermosa sobre la que jamás había posado los ojos alguna vez. Mientras la contemplaba, la Srta. Emily debió percibir su mirada porque dirigió los ojos, avellanados y brillantes, a su rostro. Dylan se sintió turbado. La Srta. Emily le sonrió tímidamente y, habría jurado que también con coquetería, Dylan supo que la amaba.

viernes, 18 de agosto de 2023

El día del rayo (Parte III)

 Tenía ganas de llorar, tirarme de los pelos, maldecir a lo que fuera o a quienquiera que hubiera causado todo aquel desenfreno, pero la vorágine de acontecimientos que acaecían a mi alrededor no me lo permitían. Todo en derredor era caos, muerte, destrucción, peleas encarnizadas, sucesos horrorosos y extraordinarios… si me detenía, si perdía la concentración, si utilizaba un minuto en lamentarme y me olvidaba de mi entorno, era muy probable que al instante siguiente estuviera muerto.

Es cierto que era posible que al igual que el resto del mundo yo volviera a la vida, pero era algo que no estaba dispuesto a comprobar voluntariamente. De manera que tenía que mantener mis sentidos aguzados, mis nervios calmos y mi mente serena.

Mi preocupación inmediata eran mis dos hijos, Harry y Danie. Por Marlene poco o nada podía hacer. Atrapada en un círculo como en el que estaba, no veía cómo ayudarla. Así que me concentré en mis dos hijos de los cuales aún no sabía nada. Aún era probable que ellos estuvieran bien. Si así era aún podía ponerlos a salvo. Los metería al coche y los llevaría lejos del endemoniado pueblo.

Del campo de fútbol a la casa de Brenda, la hermana de mi mujer, donde debían estar los niños, había alrededor de un kilómetro de distancia. Un kilómetro de recorrido igual de demencial que el que había realizado de casa al campo, cuando no más. Los horrores y sucesos extraordinarios ocurrían allí donde posara la vista.

miércoles, 16 de agosto de 2023

El día del rayo (Parte II)

Trémulo, me puse de pie y me deslicé con la sutileza de un ladrón hasta mi habitación en el segundo piso. Mientras ascendía por las escaleras, llegaban a mí los ruidos de la calle: perros gruñendo, ladrando y desgarrando; personas gimoteando y pidiendo ayuda; gritos, llantos y exclamaciones de todo tipo; incluso oí el zumbido del motor de un automóvil, oí como derrapaba y se estrellaba contra algún sólido muro.

Ya en mi habitación busqué deprisa un pantalón, así como una camisa y un par de zapatos. Me vestí deprisa y por último abrí el cajón de abajo del guardarropa. Allí estaba el revólver que mi padre me había regalado hacía diez años. Solo lo había utilizado en un par de ocasiones, y siempre para disparar al aire. No estaba seguro de para qué me podría servir ese día, pero intuí conveniente llevármelo.

Bajé sigiloso y me escurrí hasta la cochera. Presioné el botón para que la compuerta empezara a alzarse y, mientras ésta se alzaba, me metí en el auto, guardé el revólver en la guantera y puse el motor en marcha. Mientras esperaba a que la compuerta terminara de alzarse tuve un panorama sobrecogedor de lo que acaecía frente a mi casa.

Al principio no lo creí posible, todo era aún más raro y horroroso de lo que había presenciado al comienzo, pero tras un segundo tuve que hacerme a la idea de que era real. Don Jesús, el vecino que había sido desgarrado por su hijita, estaba de pie, como si nada le hubiese sucedido, y, en un momento dado, empezó a correr hacia donde se encontraba mi esposa, quien también estaba de pie, gritando, pidiendo auxilio, sin daño aparente y tratando de salir del círculo formado por la jauría de perros y Madelyn, la vecina.

lunes, 7 de agosto de 2023

El día del rayo (Parte I)

 Amaneció gris y lúgubre. Un aura sombría cubría al pueblo como una mortaja. Esa atmósfera, casi tétrica, me hizo suponer que no sería un día cualquiera. Pero jamás soñé siquiera que alcanzaría tan estrepitoso nivel de extrañísimo. Cuando supuse que sería un día diferente, me refería a esos típicos días en los que el sol no calienta, los ánimos se apagan, uno se la pasa triste y melancólico y a veces no dan deseos más que de estar echado en la cama.

Y en efecto, al menos en un principio, parecía que el día estaba demarcado para seguir ese guion. Pero la naturaleza, la vida, el destino, Dios, el Demonio, o lo que fuera que desencadenó los sucesos que ocurrieron durante el resto del día, nos tenían preparada una sorpresa. ¡Una nada grata sorpresa!

En fin. Me levanté a eso de las ocho de la mañana. Era domingo, y no tenía sentido madrugar. Me acerqué a la ventana y descorrí las cortinas. Esperaba un torrente de cegadora luz matinal, sin embargo, lo que vi fue gruesos nubarrones grises que cubrían por completo el cielo. En otro tiempo habría creído que se trataba de nubes augurando tormenta, pero tras cuarenta años de vida, supe que ese día no habría lluvia, sólo nubes grises y lugubridad.

Le resté importancia al cielo y me fui a la cocina para tomarme un café. Después de todo, no tenía pensado hacer otra cosa más que ver televisión, rascarme la barriga y quizá leer un libro mientras me tomaba un Brandy. Ilena estaba afanada preparando el desayuno.