Después
de charlar un rato sobre las cosas sin importancia que acostumbran discutir los
borrachos, se pusieron a cantar una canción que haría enrojecer a una doncella;
otra de las cosas inútiles que acostumbran hacer los borrachos. Entonaban muy
alegremente la canción, muy desafinados, por cierto, cuando un grito agudo, desolador,
hendió la soledad de la noche.
Los
cuatro amigos se detuvieron, con más curiosidad que miedo. Fue hasta entonces
que se dieron cuenta que estaban frente a la llamada Casa de la Bruja.
Era una casa antigua, de estilo colonial, con amplios ventanales de vidrio y
techo de adobe. La llamaban así porque se rumoreaba que allí vivía una bruja y
que, por eso, pese a estar bien ubicada en el pueblo, nadie había vivido allí
desde hacía más de diez años.
—¿Escucharon
lo mismo que yo? —preguntó Herber.
—Creo
que sí —asintió Lucas.
—Era
un grito, ¿verdad? —inquirió Juan.
—Un
grito aterrador —matizó Martin.
Los cuatro amigos escudriñaron con sus borrosos ojos, pero nada vieron, y nada raro volvieron a escuchar. De pronto a Lucas se le ocurrió una idea para nada innovadora.





