Se
reunieron en el patio trasero de la casa de Miguel, ese día no estaban sus
padres. El patio trasero de una vieja casa no es el mejor lugar para hacer una
fogata, pero Miguel y sus dos amigos así lo hicieron. Llevaron salchichas,
cervezas y se dispusieron a pasar una velada memorable.
El
primero en contar un cuento fue Agustín:
—Esto
es algo que le sucedió a mi abuelo —empezó, dando un sorbo a su lata de
cerveza—. Mi abuelo, amigos, era un hombre avezado, valiente e intrépido. Nada
ni nadie lo asustaba. Cazaba en los bosques más lejanos y recónditos, pescaba
en los ríos más caudalosos y profundos; peleó contra leones y cocodrilos,
pisoteó serpientes de gran envergadura, comió gusanos y bichos cuando, era eso
o morir de hambre… No ahondaré más. Imagino que ya os quedó claro que mi abuelo
no temía a nada.
»Hasta
que lo vio a él, al hombre sin rostro, o, de los mil rostros, porque puede
adoptar como suyo el rostro de cualquier persona. Él mismo me lo contó, en los
días posteriores a su desaparición.