miércoles, 18 de octubre de 2023

Oscuridad

 El despertador sonó a la hora de costumbre: las cinco de la mañana. O al menos fue lo que Fred creyó. Alargó la mano para acallar ese ruido estridente y abrió los ojos; lo único que veía era negrura, o, mejor dicho, lo que no veía. Se frotó los ojos con energía, incapaz de entender lo que ocurría. Todavía estaba adormitado, así que aún no sintió miedo.

Tras frotarse los ojos, descubrió que nada había cambiado. Miró a la ventana para descubrir el aura amarillenta del amanecer, pero seguía sin ver nada. Miró hacia la puerta, a la cama, sus manos… Pronto se encontró totalmente despierto, y el miedo empezó a adherirse y solidificarse como una fea capa de grasa. ¡Estaba ciego!

«¡No, no! se dijo. No, no es cierto. No es cierto». Pensó en posibles explicaciones. ¿Un eclipse, alguien tapió por completo la habitación, algo pasajero, todavía soñaba? Pero nada tenía lógica. Nadie se queda ciego de la noche a la mañana, ¿verdad? ¿O sí? ¿Qué sabía el de enfermedades? Lo suyo eran las coles, las lechugas y los repollos. Era un granjero muy cotizado en la región. ¿Pero de enfermedades?, un hombre de treinta años no se preocupa por pequeñeces. En todo caso, ¿es la ceguera una enfermedad?

viernes, 13 de octubre de 2023

Historia de un leñador

Era un hombre muy trabajador. Me refiero al vecino de mi amigo. Mi amigo se llamaba Leonardo y vivía en el extremo oriental del pueblo, junto a su esposa y una pequeña hija de siete años. Tenía vecinos enfrente, atrás y a ambos lados de la casa. Sin embargo, sobre quien quiero contarles es sobre el tipo que vivía a la izquierda de su casa. No digo que era su amigo, porque este vecino andaba muy escaso de esos, y Leonardo no era uno de ellos.

Se llamaba Raúl, tenía cuarenta años, una esposa de más o menos su edad y tres hijos, un joven de diecisiete y dos niñas de trece y ocho años. Tenía una bonita casa, muy bonita si he de ser sincero, ya que tuve la oportunidad de apreciarla durante las incontables veces que fui a casa de mi amigo Leonardo. Tenían dos autos y una motocicleta, un jardín precioso y una piscina que era la envidia de todo el barrio.

Pero había algo que no encajaba con el ambiente de prosperidad que a simple vista parecía disfrutar esa familia. Bueno, la primera es que no parecían muy felices, y la segunda es que Raúl no era más que un leñador y su auge económico había dado inicio tres años atrás. Para daros un ejemplo: mi amigo Leonardo era gerente de un banco, y su casa no era la gran cosa. Entonces, ¿cómo es que un leñador de pronto se convertía en alguien económicamente pujante? Muchos se han hecho la misma pregunta, las respuestas no han sido tantas, ni muy esclarecedoras.

lunes, 9 de octubre de 2023

Microcuentos 131-135

 131

Mamá llevaba en cama medio año. El diagnóstico médico era que no tardaría en morir. En casa, la familia pasaba jornadas enteras en ayuno y noches en oración. Yo era el único que no participaba. Me sentaba en el columpio del patio y la vecina me increpaba por mi ateísmo y falta de fe, como si ella tuviera vela en aquel entierro.

Al no funcionar las oraciones me fui al bosque y llamé con fe a aquel en quien creía. Hicimos un trato. Mamá empezó a mejorar esa misma noche. Solo espero que no relacionen su mejoría con la muerte de mi molesta vecina.

 

132

Yo fui el primero que escuchó aquella risa, infantil, juguetona y burlesca. Me secundó el capitán, y al cabo de un rato, toda la tripulación la percibía con claridad. Todos nos miramos, consternados y atemorizados. 

La risa en sí no tenía nada de sobrenatural. Era la risa típica de un niño divirtiéndose a costa de alguien. Pero, en la tripulación no había ningún infante, y estábamos a mitad del mar, a trescientos metros de profundidad.

 

133

Al final, nunca supo qué era aquella criatura. Hacía noches que rondaba la casa. Se decidió a enfrentarla al notar el miedo que causaba en su esposa e hija. Al mirarla, solo vio una sombra informe agazapada en el jardín. El hombre sintió temor, así que descargó el revólver. No falló un solo tiro. Sin embargo, la criatura simplemente se esfumó. Entonces escuchó un grito provenir del interior de la casa. Al entrar, encontró a su mujer e hija muertas.

Lo condenaron a muerte seis meses después. Las balas habían salido de su pistola.

 

134

—¡Hazlo! —ordenó la voz en un susurro.

La mujer miró la navaja, que se agitaba por el temblor de su mano. Tragó saliva.

—No puedo —repuso—. ¡No puedo!

Lloraba. Las lágrimas anegaban sus ojos. Pero la voz insistió.

—¡Hazlo! Un corte limpio y todo habrá terminado. Sabes que es lo mejor.

Era cierto. La infección había consumido las piernas de su esposo y se extendía por los intestinos en aquellos instantes. Los gritos de dolor sobrecogían el alma.

Al final, se armó de valor y asintió. Su esposo agradeció su determinación con una sonrisa.

 

135

—¡Hijo mío! —susurró la mujer con emoción.

—¡Mami! Lo siento mucho. No era mi intención defraudarte.

—No has defraudado a nadie.

—Te prometí que comería mis vegetales, que obedecería a papá, que estudiaría mucho, que seguiría mi sueño…

—No sigas. No es tu culpa.

Madre e hijo se fundieron en un abrazo cargado de lágrimas y sentimiento. Que estuviera allí con ella se explicaba de una sola manera: su hijo también había muerto.