jueves, 28 de septiembre de 2023

Estofado

 Mitch no acostumbraba estar fuera de casa mucho tiempo, y por lo general, se le podía encontrar casi siempre en el jardín. Pero esa tarde no aparecía por ningún lado. Tras volver de la escuela, jugar un rato con su gato era lo primero que Ricky hacía. Ni siquiera almorzó por ponerse a buscarlo.

Su madre no sabía nada del gato, ni tampoco la vecina de al lado ni la de enfrente. Mitch parecía haberse esfumado. «Se lo robaron», pensó con rencor el pequeño. No le cabía en la cabeza que el gato se hubiera marchado por cuenta propia, no después de todo lo que lo consentía. «¿Y si alguien lo mató?», sabía que era muy probable. Era una pregunta aterradora.

Por buscar sólo quedaba la casa de la vecina de junto, la de la izquierda, no la de la derecha. No había ido allí porque la vieja le daba miedo. Tenía como setenta años, el cabello gris y quebradizo y la boca desdentada. Vivía sola, y sola parecía que iba a morir. Pero no iba a su casa no sólo porque le daba miedo, sino porque también le debía muchas travesuras, y Mitch se había comido su pareja de canarios australianos.

En esos momentos la podía ver a través de la ventana abierta. Estaba cocinando, y el aroma que provenía de la olla hirviendo, lo hacía salivar. Tuvo la horrible idea de que lo estaba cocinado era su gato. Eso le recordó que aún no había almorzado, a pesar de los gritos de su madre para que se olvidara de su cochino gato y comiera de una vez por todas.

lunes, 18 de septiembre de 2023

Día de las madres

 Tommy, de apenas seis años de edad, sabía que el día siguiente sería el día de las madres. Había pensado largo y tendido sobre qué regalarle a su querida progenitora. Tenía que ser algo grandioso, inolvidable, algo que la hiciera estremecerse de emoción. Tenía algunas ideas en mente, pero aún no conseguía sacar nada en claro. Bueno, le plantearía ese tema a su tutor, a casa de quien se dirigía, sin duda él sabría esclarecer sus ideas y lograr que cogiera la más idónea.

El chófer lo llevó hasta la casa de Freddy, su tutor, y lo dejó a la puerta. Lo dejó tocando el timbre para volver un par de horas después, cuando las lecciones de Tommy hubiesen concluido. Su joven maestro salió a recibirlo y lo llevó al cuarto que ocupaba para impartir sus clases al chico. Freddy tenía el físico y el aspecto de un hombre joven, incluso sus papeles de identificación decían lo mismo, pero Tommy sabía que era viejo, muy viejo.

Sin pérdida de tiempo abordó el tema que le carcomía la cabeza: el día de las madres. Mientras su tutor le explicaba detalladamente una bonita sorpresa para su madre, la sonrisa de Tommy se fue ensanchando cada vez más.

jueves, 7 de septiembre de 2023

Microcuentos 126-130

 126

Fin de un año calendario. Inicio de otro. Pero el interminable ciclo de la vida continúa, y de la muerte. No fue un año tan distinto de los demás. Vidas que vienen y van, risas y llanto, lágrimas por uno u otro motivo. Y el año que empieza, tampoco lo será. Más vida, más muerte, y a ella le corresponderá presenciar esta última, como ayer, como hoy, como mañana, como siempre. Coge su hoz con gesto cansino, no es su arma, más bien un emblema. Y allá va de nuevo, hastiada de tanto dolor y muerte, pero es su trabajo, y nadie más quiere hacerlo.

 

127

El arqueólogo encontró el mural cubierto de suciedad. Empezó a limpiar, de arriba abajo, entusiasmado por los jeroglíficos que pudiera encontrar. Pero tras el polvo no había jeroglíficos, sino el grabado de un ser de rostro alargado, cuernos, párpados cerrados y enormes colmillos. Era una estampa que imponía. El arqueólogo no se amilanó y continuó limpiando. Al llegar a la parte inferior descubrió que a los pies del espantoso grabado yacía una víctima humana. ¡Y el rostro de la víctima era el suyo! Fue entonces que el demonio abrió sus ojos rojos repletos de malignidad.    

 

128

Encontraron los tres cuerpos en un terreno baldío. A uno le faltaba la cabellera, al otro los ojos y al último la boca, dentadura incluida. A la policía le resultó fácil seguir el rastro y llegar hasta el culpable. Era Eddy, un chico de la escuela. Sin embargo, nadie sospechaba lo que se iban a encontrar: Eddy intentaba injertarse lo sustraído a las víctimas.

Nadie excepto yo. Pero es algo que me horroriza y jamás diré. Fui yo quien le dije que la única manera de que me gustara era que tuviera el pelo de Luis, los ojos de Miguel y la sonrisa de Daniel.

 

129

De los Dark se dijo que eran ladrones. Pero ha pasado un año desde que llegaron al pueblo y nadie ha echado en falta siquiera una moneda. Pensé que eran simples habladurías, pero no lo eran. Son ladrones, ahora lo sé. Sin embargo, no son ladrones convencionales. Lo descubrí cierta noche que volvía de una fiesta. Me aventuré a pasar por el cementerio y fue cuando los vi: rompían una tumba. Así supe que lo que robaban eran cadáveres. Y ahora me pregunto: ¿con qué propósito?

 

130

De inmediato noté que en aquel pueblo flotaba un aura malsana. Al preguntar, me informaron que se debía a un monstruo que acosaba el lugar. También dijeron que, en caso de oír un rugido, debía acudir a una casa ubicada en la periferia del pueblo. Esta poseía salvaguardas que repelían al monstruo. Así que, al oír el aterrador rugido esa noche, corrí raudo hacia el lugar indicado. Al acercarme a la casa, frente a esta vi una sombra semihumana que alzaba el rostro al cielo. Entonces oí el rugido. Demasiado tarde comprendí que no me habían enviado a la salvación. ¡Me habían enviado a la muerte!

viernes, 1 de septiembre de 2023

Halloween

 Harry tenía siete años recién cumplidos. Estaba muy feliz por ello. No tanto por la fiesta acaecida dos semanas atrás, ni por los obsequios recibidos; sino porque, ese día, treinta y uno de octubre, lo consideraron lo suficiente grande para que pudiera salir a pedir dulces sin supervisión de su madre. Esa idea lo emocionaba.

Esa noche lo habían disfrazado de diablo, o “mi diablillo”, como dijo su madre. La cola era de esponja, al igual que la púa y los cuernos, pero si no los tocabas, a la distancia parecían reales. Le alargaron los ojos con maquillaje para parecer más aterrador y le pusieron dientes de vampiro, porque su madre dijo que la mordida del diablo era más letal. El resto de la indumentaria también era roja, excepto la capa, que era carmesí, para variar, pero no mucho.

A las siete lo fueron a dejar con Freddy, su amigo y vecino de ocho años. Él se había disfrazado de vampiro, de Drácula, no de ese que brilla con el sol; ese era para las niñitas tontas.

A las ocho y media dijo la madre de Freddy, y la madre de Harry asintió. Ni un minuto más tarde.

Los chicos prometieron respetar el horario, luego se fueron a la casa de la esquina, balanceando los cestos con forma de calabaza aterradora. En esa casa les dieron unos pocos dulces a cada uno y en la siguiente, no salieron a abrir, pero en la que seguía los recompensaron con creces.