Camilo amaba a su
esposa. Se habían casado hacía diez años, cuando ambos eran bastante jóvenes
aún. Tenían un hijo de cinco años que era un encanto. Adoraba a su esposa, pero
ya no la encontraba sexualmente atractiva. El sexo con ella se había convertido
en una monotonía sin remedio. Fue por ello que decidió buscar complacer sus
apetitos carnales en otras mujeres.
Al principio buscó la
compañía de prostitutas. Pero estas no tenían nada que envidiarle a su esposa.
Así que desistió de esta alternativa.
Amigos y compañeros
de trabajo le recomendaron una página web (la mayoría, esposos infieles igual
que él) en la que podía conseguir citas con mujeres mucho mejores que cualquier
prostituta. Al principio sintió temor, ya que lo veía como algo peligroso, pero
al final terminó por ceder y consintió con encontrarse en un motel con una de
las chicas de la página. La chica era joven, casi una adolescente (justo lo que
su voracidad anhelaba), era rubia y tenía un cuerpo de diosa (sus fotografías
en ropa interior y jeans, puestas en la página lo demostraban). Así que acordó
hora, lugar y día con la aludida y cerró su laptop.