Estaba de pie
ante las escaleras, justo en la boca del agujero. Sentía gotas de sudor en la
frente y en las sienes; el miedo se le enroscaba como una serpiente. No era de
noche, es más, afuera el sol brillaba con fuerza, pero hacia abajo sólo se veía
negrura. No iba a bajar, no podía. El monstruo del sótano lo atraparía si
descendía. Y si lo atrapaba, sólo Dios sabía lo que le haría.
―¿Qué esperas?
―gritó su madre desde la cocina―. Date prisa o no hay trato.
Lo había
mandado a buscar un frasco de cola, que estaba en un estante al pie de las
escaleras, según le dijo. Lo quería para pegar un jarrón que él mismo había
tirado por accidente hacía no mucho rato. Sabía de su miedo al sótano. Por eso
lo había enviado. Si bajaba, le dijo, no lo castigaría por lo del jarrón, es
más, lo premiaría con una salida al cine.
Eran un buen
trato. No obstante, hacer la parte que le tocaba a él, esa era la parte
difícil. La boca del sótano continuaba allí, invariable en su lúgubre y ominoso
aspecto. Abajo, allá donde la luz de arriba ya no alcanzaba, parecía que se
movía algo. «¡El monstruo!» Y él sin luz para mirar desde allí. Su madre no lo
había permitido. Tenía que llegar hasta el apagador de abajo para tener luz.