Su hijo yacía entre mortajas blancas. Su aspecto era el de alguien muerto hace poco. Demacrado, con los ojos hundidos y la piel amoratada. Su rostro estaba perlado de sangre.
La
mujer lanzó un chillido de angustia.
―¡Nooo!
―gritó.
El
niño abrió los ojos. El dolor se reflejaba en sus pupilas negras.
¡Estaba
vivo!
―¡Mamá!
―Chilló.
―¡Hijo!
¡Ya voy!
―¡Mamá!
Las
mortajas empezaron a agitarse. Primero como si el viento las moviera, después,
como si tuvieran vida propia. ¡Tenían vida propia! Lentamente empezaron a
envolver al niño, a aprisionarlo. La mujer corría gritando, llorando
desconsolada y aterrada, pero su hijo seguía a una distancia insalvable.



