sábado, 30 de julio de 2022

Pesadilla

    Su hijo yacía entre mortajas blancas. Su aspecto era el de alguien muerto hace poco. Demacrado, con los ojos hundidos y la piel amoratada. Su rostro estaba perlado de sangre.

La mujer lanzó un chillido de angustia.

―¡Nooo! ―gritó.

El niño abrió los ojos. El dolor se reflejaba en sus pupilas negras.

¡Estaba vivo!

―¡Mamá! ―Chilló.

―¡Hijo! ¡Ya voy!

―¡Mamá!

Las mortajas empezaron a agitarse. Primero como si el viento las moviera, después, como si tuvieran vida propia. ¡Tenían vida propia! Lentamente empezaron a envolver al niño, a aprisionarlo. La mujer corría gritando, llorando desconsolada y aterrada, pero su hijo seguía a una distancia insalvable.

jueves, 28 de julio de 2022

La cacería de la muerte

   

    Quien me invitó a ir de cacería fue uno de mis mejores amigos. ¡Ay! ¡Cómo se me encoge el alma al recordar el destino del pobre desdichado!

Pero no era una cacería cualquiera. Cuando salimos del pueblo caminamos durante toda la jornada hasta que nos adentramos en las montañas heladas que se alzaban al norte. Se trataba de una cacería en tierras heladas y cubiertas de nieve. Antes de que anocheciera levantamos la tienda y nos dispusimos a pernoctar. La caminata había sido larga y cansada. Necesitábamos recuperar energías para emprender la cacería al siguiente día con nuevos bríos.

Mi amigo y compañero de cacería se llamaba Jared y ambos éramos de la misma edad. Sin embargo, él era alguien acostumbrado a las cacerías y a pasar la noche en diminutas tiendas de campaña. Yo no. Quizá fue por ello que él se durmió casi en el acto mientras yo me quedaba con los ojos abiertos, intranquilo y dando un sinfín de vueltas entre mis mantas. Ruidos extraños (como pisadas), ramitas rotas, hielo quebrándose y uno que otro aullido lejano hacían que en mi interior creciera un temor casi palpable.

martes, 26 de julio de 2022

Microcuentos 1-5

 1

Mi madre me invitó a acompañarla.

Yo seguí el sonido de su voz. A pesar de saber que ella había muerto hacía un año. 

 

2

Estaba de pie en el último trozo de tierra que quedaba después del gran diluvio.

De pronto el sol se escondió, asomaron negras nubes y la lluvia empezó a caer de nuevo.

jueves, 21 de julio de 2022

Papá

 

       ―Papá ―dijo el niño, señalando el suelo con un dedo―. Hay un muerto bajo tus pies.

El padre dio un salto, horrorizado. Debajo no había nada, solo tierra y césped.

―No bromees de esa manera, pequeño ―le reprendió el padre. Pero el niño seguía apuntando al suelo, temblando, a punto de echarse a llorar―. ¿Hablas en serio?

martes, 19 de julio de 2022

La niña de blanco

Esta historia me la contó un antiguo profesor, que a su vez le fue contada por su abuelo. Como ya habrán colegido, se trata de una historia antigua. El abuelo de mi antiguo profesor aseguraba que era una historia verídica. Yo no sé decirlo. Ustedes dirán.

Humberto Arroyo era un hombre de mediana edad, solitario, amargado y asqueado de la vida, quizá por ello la vida le jugaría tan mala pasada (así era como mi antiguo profesor iniciaba esta historia, cuando antes de empezar la clase o después de terminarla, nos contaba este relato). Humberto Arroyo vivió y creció en la ciudad, pero nunca se sintió a gusto en ella. De manera que un día decidió mudarse a un pueblo.

Los habitantes de San José lo vieron llegar muy temprano al poblado, cuando el sol apenas despuntaba al alba. Se movilizaba en una carreta que traqueaba a cada giro de las ruedas. La mula que tiraba de su carreta era colorada, flaca, renqueaba y tenía la crin como pelambre. De dónde sacó la carreta y la mula, es algo que ni mi antiguo profesor, ni su abuelo, pudieron esclarecer. Humberto, ante el frío matinal, se resguardaba con un poncho viejo y raído, por la boca expulsaba vaho, mientras que con un pequeño látigo animaba a la pobre mula a caminar más deprisa.